Si no lo intentamos, nunca lo conseguiremos

 Publicado el Por Salvador Manjón

Si queremos ser algo más serios en nuestras predicciones sobre la evolución del mercado vitivinícola como consecuencia del Covid-19, tendremos que empezar por despojarnos de un buen número de prejuicios y empezar a hacerle caso a físicos y matemáticos, epidemiólogos y virólogos; y asumir que, a la altura en la que nos encontramos y con las medidas adoptadas hasta el momento, la situación se va a prolongar más allá de lo que tarde en llegar la nueva cosecha.

Tampoco es de esperar que la coyuntura vaya a cambiar como lo hizo el confinamiento, de forma tan abrupta, al pasar del “no pasa nada” a tener que encerrarnos en casa. Y es mucho más previsible que, como sucede en la parte descendente de las olas que hemos vivido, y ya van tres, lo haga de una forma mucho menos pronunciada que la subida.

Así pues, bajo este panorama, no parece muy probable ni que en Semana Santa estemos viajando libremente por nuestro país. Ni que en verano disfrutemos de la inmunidad de grupo que necesitamos para recobrar lo que nos pueda quedar de normalidad en nuestros hábitos sociales. Situándonos en la primavera del 2022 como un horizonte más probable para ello.

Afrontar esta situación con planes de contingencia que hagan frente a las necesidades más inmediatas está muy bien, pero resultan totalmente ineficaces si no van comprendidos en un programa global de estrategia a medio y largo plazo. Aspirar a que, de la noche a la mañana, volvamos a la casilla de salida en la que nos encontrábamos el 1 febrero de 2020, cuando se detectó el primer caso en España, es una gran mentira que debería desacreditar de por vida a quien intentara hacérnoslo creer.

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