Concurso Internacional de Vino de Texas 2020

 Publicado el Por John Umberto Salvi

Bonnie Villacampa es fundadora, organizadora y el alma del original Concurso Internacional de Vino de Texas, celebrado en Buda (Texas) y que cumplió su cuarta edición. En los inicios, tuvo que invertir gran cantidad de fondos propios en el certamen, pero ha tenido tanto éxito que ahora cuenta con patrocinadores y empieza a tener nombre propio. Los objetivos del concurso son atraer la atención hacia Texas como región vitivinícola prominente, al tiempo que se recaudan fondos para obras benéficas. Además, Villacampa es la cofundadora de la marca Barón de Villacampa, en Rioja. ¡Bien por Bonnie!

Parece que mi anterior estancia como juez en el concurso de 2019 fue bien valorada, por lo que recibí, encantado, la invitación para volver de nuevo este año. ¡Texas! Y rápidamente lo asocié a filetes enormes.

Fue un viaje fatigoso, de Burdeos a Ámsterdam, y de allí a Detroit y a Austin. El último tramo tan lleno de turbulencias como nunca he vivido. De hecho, estuvimos sin servicio durante el vuelo, pues las azafatas debían permanecer sentadas con el cinturón puesto. Llegué exhausto al Hotel Marriot Fairfield, en Buda, adonde me condujo Annette Mary Denver; y pedí costillas de la casa Logan para tomar en la habitación.

El día siguiente fue tranquilo, hasta la recepción por la tarde. Pasé una mañana relajada y, junto con el resto de jueces que ya habían llegado, fuimos al Logan a comer. Yo pedí un magnífico chuletón.

La recepción se celebró en The Lodge at Grace. Grace, de hecho, es como una iglesia. Un gran edificio de madera, bien acondicionado e ideal para concursos de vino. Hubo una selección de vinos para catar, tejanos, del resto de EE.UU. y también internacionales. También un espléndido surtido de comida: verduras, gambas, fiambres y, sobre todo, carnes soberbias de 44 granjas locales de ternera, cocinada por dos talentosos chefs, Ramón y Philip. Fue una noche perfecta.

En los dos días que siguieron, nos centramos en el concurso. El procedimiento es algo diferente de otros certámenes y requiere de alguna explicación. El año anterior se hizo con teléfonos móviles, pero este año cada juez dispuso de un ipad. Formamos jurados de cuatro jueces. A mí me designaron presidente de una de las mesas, pero delegué en el canadiense François Còté.

Las series eran de ocho vinos a la vez. Nos dieron pequeñas fichas de papel con los detalles de cada vino y sobre esas fichas escribíamos nuestras notas de cata. Cuando estaban completas, tomábamos las fichas, que tenían un código impreso, lo escaneábamos con nuestro ipad y apuntábamos la puntuación en el dispositivo. En los papeles quedaba escrita la medalla que cada juez consideraba para cada vino. El rango que se empleó fue: no medalla, bronce-, bronce, bronce+, plata-, plata, plata+, oro-, oro y oro+. Una vez estaba la decisión tomada, la introducíamos en el ipad y enviábamos el resultado a los operarios en la trastienda del concurso. Nos explicaron que, aunque parecía excesivo y complicado, suponía un ahorro muy importante porque eran necesarias menos personas para tabular los resultados.

La cata arrancó lentamente, hasta que los jueces nos acostumbramos al sistema; pero después de un tiempo tomo un ritmó más o menos normal. El primer día juzgamos 10 series de ochos vinos cada una; y el segundo día 7 series.

La sala de catas era espaciosa, fresca y cómoda. Contamos con ocho buenas copas para cada serie, que se cambiaban en cada una de ellas. La luz era buena. Dispusimos de escupidera y colines. Todo lo necesario estuvo en su lugar y los vinos se cambiaban con agilidad en cada serie. Ha sido el único concurso en el que he participado donde las puntuaciones eran sobre 50 (color 5, aroma 15, boca 20, impresión general 10). Por debajo de 35 puntos, sin medalla, bronce entre 35 y 39, plata entre 40 y 43, oro entre 44 y 46 puntos y gran oro 47 o más. Sin embargo, al final, solo introducíamos en el sistema nuestra impresión (desde sin medalla a gran oro), sin puntuación.

En el descanso nos sirvieron queso. La comida se llevó a cabo en el jardín y era selfservice de un buffet con crudités, sándwiches gigantes de pavo, brownies, uvas y frambuesas.

Hicimos una breve parada en el hotel para refrescarnos antes de embarcarnos en un autobús durante 25 kilómetros hasta una casa de barbacoas de fama internacional: Black’s Barbecue, fundada en 1932. Me sirvieron el costillar más grande, de la talla de uno de mamut, cocinado durante 24 horas y con tanta carne como para alimentar a un ejército. Tim O’Connor, juez de Rochester y un experto comedor de costillas confirmó que eran las mejores que había probado nunca.

Al día siguiente seguimos el mismo patrón, después de tomar un desayuno a base de porridge de avena, gofres con sirope de arce, bacon y huevos. Catamos siete series de ocho vinos, con algunas cosas muy extrañas como un vino con jalapeños, vino de fresa, Sangiovese con zumo de naranja, frambuesa y mora y otras creaciones bizarras. Después de una excelente comida, realizamos las catas de todos los vinos con medalla de oro para conceder los trofeos. Mi panel evaluó los Chardonnay (5 vinos) y el ganador del trofeo resultó de una bodega desconocida de Central Coast. Es la magia de la cata a ciegas.

Consulta aquí los resultados.

Después, Bonnie nos llevó a Tim y a mí a visitar una bodega local, Fall Creek, donde Tim compró algunas botellas de Monastrell y volvimos para la fiesta de fin de cata. Magnífica ternera preparada por David H. Ivorson, cuencos con gambas, fruta, queso y postres. Había una cantante de country y Annette, que ejerce de pastora, casó a los jueces Luboš Bárta e Iva Kovarikova, que llevan juntos 20 años pero que se ataron ese día. Habían traído pasteles y dulces checos y parecía que estaban en el Nirvana. Al final de la fiesta, muchos nos reunimos en la habitación de Tim para dar cuenta de su Monastrell y de otras botellas que aportamos.

La jornada posterior la dedicamos a las visitas a viñedos, con un día soleado y cálido. El trayecto fue largo hasta la primera bodega: Augusta Winery, cerca de Frederickburg. Una atractiva bodega de 60 acres en Hill Country, propiedad de Scott Felder, donde probamos una buena selección de tintos, blancos y rosados. Desde la sala de cata teníamos una buena panorámica de los cuidados viñedos. Me peocuparon algunas notas de cata, una de las cuáles incluye en un solo vino: ¡grosella, lima, melón dulce, papaya, guayaba, mermelada, pedernal y hierba limón!

Seguimos hasta Inwood Estates Vineyards, donde vimos a Dan Gatlin, su propietario, uno de los jueces del concurso y, ciertamente, uno de los mejores enólogos en Texas y, posiblemente, en los EE.UU. Dan me dijo que en los Estados Unidos hay ahora 9.091 bodegas, lo que me pareció asombroso. Preparó una selección de vinos para que los catáramos. Se concentra en clones, bajos rendimientos y perfiles fenólicos y es todo un experto. Uno de sus vinos se elabora a partir de un rendimiento tan bajo como de 0,29 toneladas por acre y para sus vinos de Cabernet emplea más de 12 clones, que vinifica por separado. Es enología de precisión. El clima es cálido y seco, el suelo calcáreo y geológicamente antiguo. Los vinos son potentes, equilibrados y varietalmente cuidados. Su Château Marie La Rose fue un buen ejemplo de lo que se puede llegar a elaborar en Texas. Es tímido y algo distante, pero está lleno de valiosa información. Estoy esperando que venga a verme cuando visite burdeos.

La tercera y última visita fue a una bodega de 15,8 acres que ya conocíamos del año anterior: Ron Yates Winery. Sorprendentemente, Ron es la octava generación de una saga de granjeros tejanos y está orgulloso de ello. Cuenta con el enólogo Todd Crowell, que ha diseñado una bodega atractiva y moderna, pero los vinos son un reflejo de la destable pasión y dedicación de Ron, que es tan sociable como tímido era Dan. Ron ha decidido que Hye (Texas) es el lugar perfecto para la Tempranillo. También hace buena Garnacha, Sangiovese y Touriga, pero, en mi opinión, su gran punto fuerte son el Merlot y la Cabernet Sauvignon. Probamos su Merlot de 2019 y el Cabernet de 2018, y, a ciegas, podrían ser fácilmente identificados como crús classé de Burdeos, con pureza, profundidad de fruta, equilibrio y elegancia. Hay que quitarse el sombrero ante Bonnie por haber seleccionado estas bodegas. Ron me visitará también en Burdeos este año.

Regresamos al hotel alrededor de las 18.00 y Richard Arebalo estaba listo para llevarme de cena. El programa oficial había terminado, pero yo todavía tenía tiempo hasta mi partida. Richard me llevó, junto a un grupo de jueces y colaboradores, al fantástico restaurante japonés Soto, en Austin. La comida fue superlativa y pude disfrutar de mis platos favoritos y terminar con cuatro piezas de sushi de erizo de mar. La mejor manera de finalizar la jornada.

Mi último día también fue delicioso. Annette me recogió a las 11.00 y me llevó a Austin, al restaurante brasileño Fogo de Chao. Probé 14 carnes diferentes, mientras que Annette daba cuenta de ensaladas. No contenta con eso, me llevó luego a dar una vuelta por Austin y a tomar café con leche y tarta de limón y merengue en el Café de Mozart. Llegamos al hotel con el tiempo justo de refrescarnos antes de regresar a Austin para cenar con Richard en el Hotel Fairmont. Richard se pasó de frenada con ostras, caviar, gallineta a la parrilla, suflé de queso y chocolate… con champagne y Chassagne Montrachet.

De regreso al hotel, paramos en casa de Bonnie para coger una caja de mi libro “The Count of Wine” (El Conde del Vino), que había pedido por Amazon. Generosamente, Bonnie había comprado 28 ejemplares y lo primero que hice al día siguiente antes de partir al aeropuerto fue dedicárselos todos. Espero que sus destinatarios finales los disfruten. Annette llegó a las 9.00. KLM había alertado de una importante tormenta en Europa por lo que cambiaron mi vuelo. El viaje fue tranquilo, aunque largo, y tanto yo como mi equipaje llegamos a casa sanos. Gracias a todos por hacerme disfrutar tanto en Texas.

Traducción: Vicent Escamilla.


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