8º Concurso Internacional de Vino de los Balcanes

 Publicado el Por John Umberto Salvi

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Tras contraer una neumonía bronquial en China, llegué en baja forma después de un largo viaje y una larga espera en el aeropuerto de Ámsterdam. Había enviado un mensaje y la maravillosa Ivana había concertado una cita con el médico a mi llegada. Tanto Galina como Ivana me acompañaron al centro médico donde me examinaron metódicamente y me hicieron una placa de rayos X. El resultado no les satisfizo y me dieron antibióticos fuertes y me indicaron reposo en cama y que tomara mucha agua. Por tanto, me perdí la primera noche y la cena de bienvenida a cargo de The Happy Bar and Grill, en Sofía.

Este prestigioso concurso, que ha celebrado su octava edición, está organizado y dirigido por la indomable Galina Niforou y apoyada por la solícita Ivana que había preparado mi cita con el doctor y que me atendió durante mi estancia. Ambas deben ser felicitadas por un evento exitoso y del que disfrutamos. El concurso está abierto a productores de vino de la Península Balcánica, Europa Central y del Este, del Mar Negro… y de cualquier región productora. El director, el Master of Wine griego Konstantinos Lazarakis hizo un gran trabajo.

Al día siguiente era el primero de dos días de cata. Se celebró en la planta 11ª de un hotel. Éramos 16 jueces, divididos en cuatro jurados de cuatro miembros cada uno. Yo fui uno de los presidentes de jurado. El sistema fue completamente distinto del que siguen los concursos amparados por la OIV y nos llevó un poco acostumbrarnos. Konstantinos no está de acuerdo con el sistema de la OIV y nos explicó el porqué. Aquí cada jurado emplea dos mesas y las rondas son de 12 vinos. La docena de vinos (o menos) se colocaban enfrente de nosotros en puestos numerados. Teníamos una hoja de cata en la que redactar nuestras notas de cata y las coordenadas de la ronda que íbamos a evaluar. Nos decían las variedades de uva, la añada y, en ocasiones, el contenido de azúcar. Anotábamos nuestras impresiones y notas, puntuando cada vino sobre 100. Luego íbamos a otra sala (una deliciosa terraza con vistas sobre la ciudad) y nos sentábamos en una mesa para debatir nuestras puntuaciones. Con 81 puntos se alcanzaba la medalla de bronce, con 85 la plata, con 89 el oro y con 94 puntos se merecía el gran oro. Nos pidieron que fuéramos flexibles y mi jurado lo fue. Debatimos cada vino en profundidad y, como presidente del jurado, rellené una segunda ficha con el nombre y las notas de cada juez, nuestra puntuación final y la propuesta de medalla. Como líder del jurado, tenía el derecho de decidir la medalla, incluso si no correspondía exactamente con las puntuaciones, aunque es una potestad que raramente empleé.  Cuando habíamos terminado de conceder las medallas y las puntuaciones, regresábamos a la sala de cata para enfrentarnos a la siguiente ronda, que ya estaba dispuesta lista para la cata. Por tanto, alternábamos entre las dos mesas. Catamos tintos, blancos, rosados y espumosos. El sistema funcionó a la perfección.

Las condiciones de cata fueron excelentes. Una sala fresca y espacios, pequeñas escupideras de metal, mantelería blanca, deliciosos panecillos, agua mineral y, como he dicho antes, con los vinos ya servidos.

La comida de ambos días fue en el restaurante, solo una planta por encima del lugar de las catas y tras la comida seguimos catando hasta las 17.00 h. En la mañana del segundo día la cata siguió el mismo esquema, pero por la tarde catamos para determinar los trofeos. El proceso fue algo complejo, pero muy eficiente. Primero catamos todos los vinos con medalla de oro y de gran oro y seleccionamos los mejores en cada categoría. Luego reunimos a todos los ganadores de cada categoría y escogimos el Gran Trofeo. Se le concedió a Estate Argyros por su Cuvée Monsignori Santorini 2017, de Grecia.

El programa social fue generoso y magnífico. La noche del segundo día de catas fuimos en coche al exclusivo Residence Club, a la altura de los grandes clubes londinenses, donde nos ofrecieron un banquete gastronómico auspiciado  por Katarzyna Estate y acompañado de seis de sus mejores vinos. Krzysztof Trylinski es el propietario de la finca, del mismo modo que lo es de la multinacional Belvedere ubicada en Francia y de muchas otras empresas y bodegas. Su talentosa y encantadora hija fue nuestra anfitriona durante la cena. Tanto la cena como los vinos fueron superlativos y una llamada de atención sobre el potencial de los vinos búlgaros. Fue un momento refinado que todos disfrutamos. Tuve la fortuna de sentarme junto a Tzveta Tanovska, autora de la Guía de Vinos de Bulgaria, que conocía a todo el mundo y cuyo esposo es miembro del club. Me informó de todo durante la noche.

Al día siguiente, tras la cata, nos dijeron que preparásemos una muda y nos fuimos en coche a un destino desconocido. El secreto había sido muy bien guardado y no descubrimos dónde estábamos hasta que llegamos. Estábamos en Château Copsa, en el corazón del interior de Bulgaria, un sitio de gran belleza en el Valle de las Rosas.

Su propietario, Minko Minkov, había tomado piedras de viejas casas abandonadas y erigido con ellas un pequeño Château de estilo medieval. Además, había construido buenas bodegas, habitaciones para huéspedes y otros edificios que configuraban el complejo, en el que se combinaba de forma armoniosa lo viejo con lo nuevo. Los tres Masters of Wine disfrutamos del privilegio de estar alojados en el château (me correspondió la habitación boutique Cabernet), con espléndidas vistas de los viñedos y las montañas.

Después de una cata en la terraza, nos ofrecieron una cena tradicional búlgara verdaderamente maravillosa. Fui afortunado de sentarme en la mesa con los enólogos y la hija del propietaria, Petia Minkov, aparte del resto del grupo, y conversamos sobre enología durante la noche mientras disfrutábamos de uno de los mejores corderos (criado en casa) al horno que he probado jamás, junto con algunos vinos muy finos. Una noche encantadora y, aunque me retiré antes de que finalizara la cena, mi anfitriona me guardó algo de yogurt casero con miel para el desayuno. A la mañana siguiente su hermano, Ivan, me llevó a visitar los viñedos para ver su Sauvignon Blanc antes de que tuviéramos que marcharnos de vuelta al hotel.

Esa misma tarde, viernes, nos llevaron a la ceremonia inaugural del Festival Internacional del Vino de los Balcanes. Un festival al aire libre enfrente del Palacio Nacional de Cultura. Se desarrolló durante dos días y pudimos visitarlo tanto tiempo como quisiéramos. Había vinos de todos los países balcánicos y para muchos de nosotros fue una ocasión para aprender. Del festival nos trasladamos al cercano Hotel Hilton, al salón Musala, donde asistimos a la Gran Cena de Gala y a la entrega de trofeos. Un salón abarrotado con invitados entusiastas, buena comida y excelentes vinos que garantizaron una noche memorable y un apropiado cierre al concurso oficial.

Los resultados del concurso junto con el palmarés y los trofeos se pueden consultar en www.balkanswine.eu    

Traducción: Vicent Escamilla


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