Tercera edición del Great American International Wine Competition 2019

 Publicado el Por John Umberto Salvi

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Catar en los Estados Unidos es interesante, además de ser una experiencia diferente por dos principales motivos. El primero es que el sistema de cata es totalmente diferente del que seguimos en la mayoría de los concursos europeos o en los amparados por la OIV. De hecho, los concursos estadounidenses no son miembros de la OIV, después de abandonarla hace unos años. El segundo es que catamos un buen puñado de variedades híbridas, que no están permitidas en la UE, y que no podemos probar en casa. Ello le confiere una nueva dimensión a este concurso.

Debo destacar, y seguro que lo hago más de una vez, que se trata de un concurso con fines benéficos. Nadie recibe un centavo, todo el trabajo lo llevan a cabo voluntarios y todos los vinos sobrantes se emplean con fines caritativos. Hay pocas catas así y cualquier jurado debería estar orgulloso de que le invitaran a prestar su experiencia en una iniciativa tan voluntariosa.

Mi esposa y yo fuimos invitados como jueces en esta tercera edición del Great American International Wine Competition, que se celebró en el Hotel y Centro de Convenciones del Rochester Institute of Technology (RIT) en la pequeña ciudad de Henrietta, cerca de Rochester, en el Estado de Nueva York. Fue un viaje largo: Burdeos-Ámsterdam-Detroit-Rochester, pero nos recibió el siempre fiel Scot, quien nos llevó hasta el RIT. Un sorprendente mausoleo con larguísimos pasillos en todas direcciones y donde nadie salió a recibirnos. Nos llevó casi 40 minutos encontrar nuestra habitación, pero cuando dimos con ella comprobamos que era amplia, espaciosa, moderna y cómoda. Sin embargo, ni el teléfono ni el wifi funcionaban.

La organizadora del evento, la encantadora Christine Van Zile Stabins, había organizado una comida de grupo esa tarde para conocernos en el Lovin Cup, pero yo tenía un compromiso para cenar con mi viejo amigo Timothy O’Connor, que nos recogió para llevarnos al siempre ruidoso, pero que nunca falla, Dinosaur BBQ, la quintaesencia del espíritu americano. Comimos una tira de costillar, alitas de pollo y barbo. Las pociones eran tan inmensas, que después de comer lo que he relatado no hubo sitio para mi tarta de limón favorita, por lo que me la llevé para tomar más tarde. Disfrutamos mucho nuestra primera comida americana y Tim nos devolvió al hotel a una hora prudencial después de nuestro largo viaje.

El primer día de catas era sábado y todavía era viernes. Tuvimos tiempo libre hasta la tarde. Un joven encantador de la República Checa, Zbynek Ziska, que acudió en lugar del siempre añorado Lubos Barta, había alquilado un coche y nos invitó a ir con él para visitar las Cataratas del Niágara junto con su esposa y Christine. Mi mujer tenía que trabajar, pero yo acepté y pasamos un día delicioso visitando las cataratas tanto desde la orilla americana, como desde la canadiense. Volvimos con tiempo de sobra para nuestro primer acto oficial: el cóctel de bienvenida. Centenares de vinos, muchas cervezas y una amplia variedad de aperitivos para dar la bienvenida a jueces y voluntarios. Fue una noche muy agradable que aquellos con energía suficiente hicieron muy larga. Nosotros estábamos en la cama a las 23.00 h.

La cata se celebró en la sala de conferencias la mañana siguiente, después de un generoso desayuno buffet. La cata se hacía sobre hojas azules, que generaban las estadísticas de cada vino. Allí figuraban las variedades, la añada, el contenido alcohólico y la clasificación. El contenido en azúcar se ofrecía como porcentaje, lo que nos confundió un poco al principio.

Formamos ocho jurados de cuatro jueces cada uno (32 jueces en total) y de forma ocasional con un juez invitado, cuyas puntuaciones no se tenían en cuenta en el concurso. Participaron 1.011 muestras de 14 países. De forma simultánea se celebraron concursos de licores y de sidra y aunque no voy a escribir sobre ellos aquí, sí que debe hacerse referencia. El concurso de licores contó con 270 muestras y 12 jueces, mientras que el certamen de sidras (primera edición) contó con 150 muestras con nueve jueces. En total, los tres concursos, requirieron de 53 jueces. Peter Parts estuvo tan entusiasmado con el dato que debo dejar constancia de que se emplearon 6.081 copas en dos días, por parte de un maravilloso grupo de voluntarios en tres largas líneas de lavado manual.

Los dinamizadores de este gran concurso fueron: Peter Parts, Ron Dougherty, Carol Kristofik y Chris Van Zile. Toda la junta directiva de la Fundación Raise a Glass.

La ficha azul nos proporcionó mucha información que la mayoría de nosotros ignorábamos. Además de la esencial sección para puntuar, había una lista de preguntas pautadas sobre el gusto, aroma, color y composición de los vinos. Si uno dedicaba atención total y cuidadosa a la puntuación, no había tiempo para estas preguntas, por lo que fueron consideradas opcionales. La puntuación, por su parte, era el meollo de la cuestión.

No puntuamos los vinos numéricamente, sino con un sistema de casillas que marcar que iban desde: sin medalla, bronce-, bronce, bronce+, plata-, plata, plata+, oro-, oro, oro+. Si los cuatro jueces coincidían en conceder un oro, entonces se convertía en medalla de platino. Aunque era algo escéptico al principio, descubrí que el sistema funcionaba muy bien siempre que los jueces fueran flexibles y dispuestos a subir o bajar sus puntuaciones si les convencían los compañeros durante el debate.

Yo tuve una mesa de jueces casi perfecta y nuestras puntuaciones fueron, de forma consistente, prácticamente iguales: Timothy O’Connor, Andrejka Gazovic, Matthew Kristofik y yo.

Lamentablemente, como tuve que entregar la ficha azul, no puedo recordar todas las variedades híbridas que caté, como sí hice el año pasado.

Las condiciones de cata fueron excelentes. Una sala grande, ventilada, fresca y bien iluminada, con grandes mesas y mantelería blanca. Lámparas de mesa individuales. Contamos con panecillos, botellines de agua y escupideras negras.

Optamos por puntuar el vino y luego debatirlo hasta alcanzar el consenso. Ya he dicho que funcionó bien porque fuimos flexibles y nuestro presidente no tuvo problema en anotar la valoración común después de que cada juez aportara su opinión.

El primer día catamos 12 rondas de entre cuatro y seis vinos cada una. Esto supuso un total de entre 48 y 72 vinos. Hicimos una pausa después de cada tres rondas y una comida después de la sexta. El segundo día tuvimos seis rondas por la mañana y luego tres por la tarde, seguidas de la cata de todos los vinos con medalla de oro para conceder los trofeos. Mi jurado evaluó los nueve Cabernet Sauvignon que habían merecido la medalla de oro y nuestra decisión sobre el ganador fue unánime.

No hubo un programa social exactamente, pero ocupamos el tiempo de formas muy entretenidas. Ya he descrito la cena en la noche de nuestra llegada y el cóctel de bienvenida. El sábado fue la cena de gala en el famoso restaurante Max of Eastman Place. Comida, vino y música en vivo en generosas cantidades, bonhomía y buena voluntad en el ambiente configuraron un momento maravilloso que todos disfrutamos. ¿Qué más se puede pedir?

Se ha convertido en una grata costumbre, una vez acabado el evento oficial del día, acabar en alguna habitación para compartir vino. El mejor anfitrión es, de forma unánime, Timothy O’Connor y este año le homenajeamos cada noche mientras descorchaba botella tras botella de su magnífica bodega, tanto el sábado, como el domingo. Entre las joyas que consideró adecuado ofrecernos estaba un Château Leoville Les Cases 1978 y un Vega Sicilia Único 1981. Fueron noches deliciosas y su habitación estaba siempre llena a rebosar.

La última noche, O’Connor organizó amablemente una cena para mi esposa y para mí, junto con Bonnie Villacampa, la dama que organiza el concurso en Texas. Pasamos por su casa para recoger algunos vinos y tomarnos una botella de vino naranja. Cenamos en Max’s Chop House, a base de ostras, pastel de cangrejo y filete al estilo New York. Lo que fue, sin duda un final a la altura de un concurso instructivo y útil.

Me gustaría dedicar más espacio a las variedades híbridas de vid, que son tan fascinantes, sean buenas o malas. Me gustaría proponer que el próximo año nos otorguen documentación que podamos conservar sobre los vinos, para poder hacer mención a esas variedades. Para los catadores llegados de Europa suponen una fuente inagotable de interés y de aprendizaje.

Por todo lo dicho, el concurso y sus organizadores deben ser felicitados. Además de los voluntarios, pues todo se lleva a cabo por voluntarios sin remuneración, siempre con una sonrisa. Todos los beneficios se destinan a obras benéficas, lo que debe ser destacado. Es un concurso que merece la pena en todos los sentidos. Estoy orgulloso de formar parte como juez de una cita filantrópica como esta y deseo con fuerza seguir siendo invitado. Muchas gracias y mi más cálida enhorabuena.

Más información y palmarés aquí.

Traducción: Vicent Escamilla.


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