Cuatro monos andan haciendo vino en Gredos

 Publicado el Por Vicent Escamilla

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Javier García, Laura Robles, David Velasco y David Moreno son los responsables de 4 Monos Viticultores, un proyecto nacido para salvar del arranque y del abandono algunas de las parcelas más viejas de la zona de Gredos, centrándose básicamente en la variedad Garnacha y la Albillo Real. Hace unas semanas, tuvimos la oportunidad de conocer a Javier García, gracias a Minimal Wines (sus distribuidores en Valencia) y al Luca Bernasconi (El Rodamón, El Celler del Tossal), en una cata-presentación de la bodega.

Javier nos presentó el proyecto vitivinícola, que trabaja la viticultura en ecológico (pero sin certificado) basado en viñedos viejos en altura de Cadalso de los Vidrios, Cenicientos y San Martín de Valdeiglesias. Son jóvenes y además no creen en dogmas. No le cayeron los anillos al admitir que han tenido que aprender a interpretar una variedad como la Albillo especialmente en añadas cálidas. Es el camino de crecimiento más recto.

En sus vinos se busca la identidad varietal y la frescura. Por eso no es raro que en sus vinificaciones parte de la uva entre con el pedicelo y con raspón y que la madera que emplean sea de gran volumen (barricas de 500/600 litros, fudres) y de más de un uso, para que cumpla la misión de afinar y estabilizar el vino, pero sin ganar un protagonismo no deseado.

Iniciamos la cata con 4 Monos Tinto 2015, elaborado con uvas procedentes de tres municipios diferentes (90% Garnacha, 5% Syrah y 5% Cariñena), se vinifican y se crían por separado (alrededor de 12 meses de barricas grandes y fudres) para ensamblarse posteriormente. Sorprende por el color de clarete que muestra. La nariz nos habla de fruta roja madura, con apuntes florales y balsámicos. Gana al estar un tiempo en copa y desarrolla aromas más frescos y de ligera golosina. Boca fresca y directa, con un tanino agradable. De recuerdo frutoso y ahumado.

Damos el salto a la gama La Danza del Viento, vinos que podríamos denominar de parcela, con la Garnacha de Gredos como protagonista. La Danza del Viento La Isilla 2015 (nace en la parcela que da nombre al vino, a más de 800 metros sobre el nivel del mar, con suelos arenosos sobre roca madre, tan solo 650 botellas) luce un color rojo rubí, clarete, más brillante y limpio que el anterior. Intensa nariz, que anuncia mineralidad. Frutas frescas (grosellas), sobre un fondo ligeramente resinoso y con elegantes tostados, mineral. Boca elegante, fina, fresca. Un vino largo.

Por su parte, La danza del Viento Molino Quemado 2015 (suelo arenoso-granítico) presenta un color algo más subido que el anterior. En la nariz la fruta es roja, más madura y menos silvestre que en el anterior, con ciertos recuerdos a licor de frutas (pacharán) y con un agradable punto salino. Sensible a la temperatura. Boca fresca, de buena acidez y elegantes balsámicos. Refrenda las sensaciones de nariz.

La cata siguió con 4 Monos Car 2015, monovarietal de Cariñena. El color sigue la línea de los anteriores, algo menos vivo (rojo carrocería). Expresa frutillos negros silvestres y buenos tostados. Las notas ligeramente mentoladas y de hierbas silvestres levantan el vino. De viva acidez, transmite frescura y nos habla del suelo granítico sobre el que crecen las viñas.

Cerró la cata el blanco de la casa. Sin complejos. Un Albillo Real espectacular. 4 Monos Albillo Real 2015, cultivado en parcelas de entre 700 y 800 metros de altitud, con un paso por barrica de 6 a 7 meses y nada más y nada menos que 14,5º. ¿Se acuerdan de lo que hablábamos al inicio de comprender a la variedad en años cálidos? Intensa nariz en la que aparece fruta blanca de buena acidez, heno y aromas a infusión de manzanilla y poleo. Matices de flor blanca y especias dulces (pimienta, clavo). La boca es de fantástica acidez, con tensión vibrante. Sabroso.

Fue un fantástico final y digno homenaje a una uva blanca, la Albillo, a la que la viticultura de la zona central de España le debe en parte la supervivencia de los mismos vinos pues, como recordó Javier García, esta uva de doble aptitud (para vinificar o para su consumo en fresco) era comercializada por las mujeres de los viticultores en las calles de Madrid y con los réditos obtenidos se mantenía el viñedo de tintas para la elaboración del vino.


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