Forcada, Pirene, Gonfaus, Moneu y Querol reclaman su lugar en el patrimonio vitícola catalán

 Publicado el Por SeVi

Muestra de Gonfaus de la añada 2016. (photo: )
Muestra de Gonfaus de la añada 2016.

Forcada, Pirene, Gonfaus, Moneu y Querol. Tal vez ahora no le suenen estos nombres de variedades de vid. No es extraño, acaban de ser recuperadas del olvido, pero lo cierto es que son variedades ancestrales catalanas que dejaron de cultivarse después de la devastación causada por la filoxera a finales del siglo XIX y desaparecieron del panorama vinícola español, a excepción de alguna cepa aislada que logró sobrevivir en estado salvaje. Bodegas Torres se ha encargado de recuperarlas (junto con medio centenar más) y ha comprobado que pueden estar detrás de vinos capaces de emocionar.

La quinta generación de Bodegas Torres, con Miguel Torres, director general, y Mireia Torres, directora de I+D+i, está impulsando con fuerza este proyecto, a medio camino entre arqueología y viticultura, que contribuye a recuperar el patrimonio vinícola catalán.

“Es apasionante, como enólogo, trabajar con variedades de las que no sabemos nada en absoluto y tener la oportunidad de experimentar. Es como enfrentarse a un lienzo en blanco”, sostiene Josep Sabarich.

Estas variedades, de las que ya hemos dado noticia anteriormente en SeVi, proceden de distintos lugares de Cataluña y llevan por nombre un topónimo de la zona donde fueron localizadas, a falta de referencias bibliográficas con el nombre original de la variedad. Torres las ha plantado de manera experimental en aquellas fincas donde mejor se han adaptado. Cada una de estas variedades ha pasado por un largo proceso que puede durar entre 5 y 10 años (o incluso más) y que implica el saneamiento y reproducción in vitro de la cepa original, la adaptación al campo de la variedad, microvinificaciones y el registro en los organismos pertinentes.

A nivel enológico, todas ellas tienen, según  el sumiller de la bodega Sergi Castro, “un denominador común: la mediterraneidad”. “Cada sorbo es una explosión de fruta, intenso, con buena acidez”, señaló. La explicación, según Sabarich, se encuentra en dos factores que son recurrentes en estas variedades: “el tamaño de las bayas, más bien pequeño, y el hecho de que en la fase final de maduración todas ellas tienden a una cierta deshidratación, lo que concentra los aromas y la acidez”.

Todo lo que atañe a estas variedades recuperadas se lleva a cabo con suma delicadeza y con el mínimo de interferencias aromáticas para conocer la variedad “en estado puro”: se vendimian a mano, se utiliza una levadura neutra, las maceraciones son cortas, algunos vinos envejecen en barricas de roble francés de segundo uso, etc. “No hemos querido hacer vinos corpulentos, hemos buscado la sutileza en el proceso de elaboración”, explicó Sabarich. Y reconoció que, después de muchos ensayos, “estamos solo empezando a conocer estas variedades y ya se muestran muy expresivas. Estoy convencido que podremos hacer vinos muy interesantes con ellas”.

A continuación, se describen los vinos experimentales que Torres ha elaborado a partir de las cinco variedades ancestrales:

Forcada 2016:

Variedad blanca plantada en el Alt Penedès, en una finca de suelos arcillosos situada a 450 metros de altura, lejos de la influencia marítima. Es una variedad de ciclo largo, muy vigorosa y productiva. Sorprende su intensidad aromática y frescura. Podría describirse como típicamente mediterránea, especialmente en nariz, por los aromas a hierbas mediterráneas, flor blanca y notas cítricas, muy finas. La boca es muy vivaz y presenta muy buena estructura.

Pirene 2016:

Variedad tinta plantada en la finca que la familia Torres tiene en Tremp, en el pre-Pirineo catalán, a 950 metros de altura. Variedad muy colorante, con un alto nivel de taninos. Muestra mucha fruta roja, con un toque mineral y especiado. Es elegante y sorprende en boca por su textura y finura, de fruta sabrosa pero fresca al mismo tiempo.

Gonfaus 2016:

Variedad tinta plantada en la finca denominada del Purgatori, entre Juneda y Borges Blanques, en Costers del Segre, donde el clima es extremadamente seco y las oscilaciones térmicas entre el día y la noche muy acusadas. Se trata de una variedad de ciclo corto y muy poco productiva, que resiste muy bien las altas temperaturas y la falta de agua, lo que la hace especialmente interesante de cara al cambio climático. En nariz, es potente y presenta muchas capas aromáticas de plantas como romero o tomillo, fruta madura como la ciruela o el higo, e incluso piel de naranja y melocotón. Tiene un buen equilibrio y es potente en boca pero con mucho frescor; recuerda a una compota ácida, muy rica, con taninos maduros y dulces.

Moneu 2015:

Variedad tinta plantada también en la finca leridana del Purgatori, ya que resiste muy bien el calor y la sequía. Sin embargo, a diferencia de esta otra variedad, aquí no se percibe la parte confitada de la fruta, sino que es mucho más fresca y perfumada. Es un vino goloso en boca, con una marcada acidez, buena concentración y taninos suaves y equilibrados.

Querol 2015:

Variedad tinta plantada en la finca Les Muralles, en la Conca de Barberà. Desde la añada 2009 forma parte del coupage de Grans Muralles. Es una de las pocas variedades conocidas que es del todo femenina. Su flor no es hermafrodita, como ocurre en la mayoría de las cepas viníferas, sino femenina y esta característica afecta el tamaño de sus bayas, muy irregular. Variedad muy poco productiva. Es más tánica que las anteriores, con nervio y muy dominante, pero como el resto de variedades, es extremadamente aromática y presenta muy buena acidez.


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