Solo un sueño...

 Publicado el Por Juan Antonio Mompó Gimeno

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Anoche tuve un sueño, nada que ver con la realidad… Me desperté y, sorpresivamente, lo recordaba claramente. Siendo cierto que a veces los sueños son auténticas tonterías, no lo es menos que la Historia muestra que (con el debido respeto), el Señor se valió de los sueños para revelarnos sus más importantes predicciones y deseos.

Así es. Soñé que en el sector vitivinícola de España las dos líneas del gráfico de producción y consumo interior seguían su tendencia natural: una hacia arriba y la otra hacia abajo, situándose la producción en el entorno de los 50 millones de hectolitros. Entonces saltaba de su pupitre mi profesor de bachillerato y me decía: “No Mompó, España ya nunca más será el tercer productor mundial de vino, somos los primeros. ¡Métaselo en la cabeza! Y muéstrese orgulloso”.

En mi estado onírico fase REM 180, saltaba de la línea superior con cota 50 a la inferior, la del consumo interno, que marca línea descendente, en cota al filo de los 10 millones de hectolitros. Salto forzado por un grupo de funcionarios del “Ministerio de Sanidad y el Comportamiento Políticamente Correcto” (MISACOPOCO) que, estando colgados de la línea inferior, se esforzaban en conseguir bajar el ángulo un poco más y me gritaban: “En el próximo salto te romperás la crisma. Tú saltas cada vez desde más alto y, si es por nosotros, pronto te estrellarás contra la referencia de cota cero. Además, estamos pidiendo ayuda al Ministerio de Hacienda que seguro que nos va a echar una mano”.

Yo miraba angustiado a mi profesor que seguía intimidándome con sus gritos: “Escriba Mompó, escriba. España es el primer productor del mundo, pero si no espabilamos, dentro de poco ya no seremos la mayor extensión de viñedo, siendo superados por China”.

Como los sueños son mágicos, me situaba en el que fue mi primer día de trabajo, donde me recibían en el despacho de una representativa empresa vitivinícola y el que fue mi primer director me decía: “Mire señor Mompó, nosotros nos dedicamos a la exportación y España produce la barbaridad de 36 millones de hectólitros y solo consumimos 25 millones, tenemos que quemar 5 y por tanto hay que exportar más de 6 millones de hectolitros cada año. ¿Lo entiende, verdad?”. Mientras el acólito o monaguillo que siempre acompaña a todo buen director, no cesaba de repetir el mantra de que las viñas son tontas, pues únicamente saben dar uvas todos los años, siendo sus dueños buena gente y fácilmente resignados a asumir los mayores costes del negocio.

Alguien, que no identifico, me ponía un gorro de papel y decía: “Así que ya sabes, tu trabajo es exportar y si lo haces a granel todo el mundo suspirará aliviado, aunque no dejaran de llamarte la atención y reñirte. Te repetirán que eres un mal español porque no dejas el valor añadido aquí y por eso eres muy mal patriota. Despreciaran tú trabajo al afirmar con rotundidad que exportar a granel es muy fácil, que ‘eso’ lo hace cualquiera”.

En mi sueño, que desgraciadamente no estaba acompañado por la belleza musical de Mendelssohn, la inundación de Tous y los sucesivos desbordamientos del Ebro eran de vino y yo, esclavizado, sudaba en un avión, donde viajaba con un pesado maletero lleno de muestras, a la vez que no paraba de oír a personas que me gritaban “¡Exporta! ¡Exporta, que es muy fácil y no seas un mal español!”

En la última de las escenas de mi sueño se me veía muy mayor. Tenía una barba blanca y cara de haber sufrido mucho. Estaba pasando mi examen para poder entrar en el Reino de los Cielos frente a un personaje de cara bondadosa que me decía: “La verdad es que eres un fracasado. Te encargué una misión en la tierra que era la de exportar 5 millones de hectolitros de vino español excedentario y ahora te presentas ante mí sin haber realizado lo pedido y dejando cada año unos excedentes superiores a los 30/40 millones de hectolitros”. Humildemente argumenté en mi defensa que ciertamente yo había trabajado mucho, pero entre unos y otros no paraban de aumentar el ángulo de las líneas referenciales. Además, todos me reñían por vender “a granel” y me apartaban de su lado. “Perdona”, me dijo mi bondadoso juez, “querrás decir venta de grandes volúmenes, que hasta aquí también ha llegado la corrección política”.

Busqué desesperadamente su perdón con la sutileza de que, entre los unos haciendo campañas para criminalizar el vino, y los otros produciendo más con cada vez menos compradores, la tarea encomendada no era fácil y cuando intentaba vender vinos embotellados me encontraba con mucha más competencia en precios. Claro, todos íbamos a los mismos y cada vez eran más grandes y con los colmillos más retorcidos.

“Anda, que te voy a dejar pasar ya que buena voluntad he visto que le has puesto”, me contestó, “pero tendremos que ver el medio de solucionar estos graves problemas porque está claro que los españoles no son capaces”.

Me parece una buena idea, le dije, pero por favor no nos mandes a los de la Comisión Europea que esos ya has visto la que han organizado en los últimos 50 años. Tanto dinero gastado y ¿para qué?

“No te preocupes que, después de todos estos años, sí veo que al final los viticultores españoles han comprendido que es necesario producir en sitios con rentabilidad adecuada y una calidad demandada por el mercado”, apuntó.

Eso es verdad, pero queda mucha tarea todavía, la mies es mucha y los obreros pocos. “Pero ahí estáis en el buen camino, aunque no sé qué hacer con los del MISACOPOCO”.

Si usted no lo sabe…

Afortunadamente, me desperté. Convulso y sudoroso. Pero me di cuenta que todo era un sueño. Que no era cierto que nuestra producción en el año 2020 se había estabilizado en 50 millones de hectolitros y que no era real que nuestro consumo interior descendía, pues se mantenía milagrosamente en los diez millones e incluso subía cada año. Que, afortunadamente, nuestras empresas exportadoras habían conseguido exportar todos los años 53.000.000.000 botellas de vino a buen precio y dejando todo el valor añadido en la “terreta”. Que nuestros clientes, satisfechos, recibían con júbilo nuestros envíos de vinos producidos de acuerdo con las normas locales… y que, por fin, todos vivíamos en un mundo feliz, en el que no era necesaria, porque se había abolido, la “lacra” de la exportación a granel.

Ahora soy feliz. Creo que cuando de verdad llegue al juzgador, me recibirá con los brazos abiertos. Mientras tanto, queda claro que pueden ustedes reír. A carcajadas, pues no faltaría más.


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