Concurso de vinos y licores de Chisinau (Moldavia) 2014

 Publicado el Por John Umberto Salvi

FOTO: Poliproject Exhibitions. (photo: )
FOTO: Poliproject Exhibitions.

Se comercializa realmente poco vino moldavo en los mercados de la Europa occidental y cuando buscamos una botella de vino con la que comer o cenar la mayoría de nosotros no tenemos en la cabeza a Moldavia. No obstante, Moldavia es un enorme vergel de viñas, árboles frutales y huertos de hortalizas. El vino supone el principal producto para la economía moldava, con un buen año para sus exportaciones, que suman la mitad del total de los ingresos por exportaciones del país.

La participación del vino en el PIB moldavo es de cerca del 25%. La viticultura y la enología en Moldavia (una zona geográfica que ha recibido en el tiempo otros nombres como Dacia o Besarabia) cuentan con casi 5.000 años de historia. Su principal mercado ha sido siempre Rusia, un mercado insaciable y sediento, pero impredecible en su actitud política hacia Moldavia y cuando decide prohibir la importación de sus vinos es una auténtica catástrofe para este pequeño país en el que el salario de un trabajador medio no suele superar con demasía los 200 euros al mes.

Existen dos inmensas bodegas en Moldavia, ambas de titularidad estatal, que son tan grandes que para recorrerlas hay que utilizar una especie de trenecito. Cricova, que fue la que visitamos y donde cenamos, tiene 130 kilómetros de túneles excavados en la roca, que ha sido utilizada para construir la capital del país Chisinau y su área metropolitana. En ocasiones se ha dicho que es la mayor bodega del mundo.

La otra, Milestii Mici, tiene otra singularidad. Su colección de vino cuenta con 1,5 millones de botellas y ha sido incluida en el Libro Guinness de los Récords en la categoría de la mayor colección de vino de calidad del mundo. Además, hay quien discute que Milestii Mici es más grande que Cricova, al contar con 180 kilómetros de túneles.

En el centro de ambas hay salas opulentas para eventos, comidas y cenas. De sus muros cuelgan numerosos retratos y cuadros de personalidades que las han visitados y, sin saber muy bien cómo llegó allí, hay un retrato mío justo a continuación de uno del presidente Clinton (alguien debe haberse equivocado).

Acudí invitado como juez del concurso por segundo año consecutivo. Es un certamen consolidado, con 19 ediciones y con el patrocinio de la OIV. Este año, el representante de la OIV fue ni más ni menos que el nuevo director general, Jean-Marie Aurand. Está organizado por Poliproject Exhibitions y la Unión de Enólogos de Moldavia, bajo los auspicios del Ministro de Agricultura e Industria Alimentaria de la República de Moldavia.

El concurso estuvo muy bien dirigido y organizado bajo la rigurosa supervisión de Gheorghe Arpentin, presidente de la Unión de Enólogos. Los jurados eran de siete miembros cada uno y mi comisión evaluó 41 vinos el primer día y 31 el segundo. Mi panel no tuvo que catar licores este año. La puntuación máxima y la mínima se descartaron. Los vinos necesitaban alcanzar 80 puntos para una medalla de bronce, 82 para la de plata, 86 para una de oro, 92 para una gran medalla de oro y 96 para hacerse con el Gran Prix. En mi comisión contábamos con jueces turcos, británicos, rusos, rumanos y tres moldavos. Las muestras llegaron de 12 países y de 58 bodegas (Moldavia, República Checa, Rusia, Eslovaquia, Rumanía, Georgia, Azerbaiyán, Turquía, Bielorrusia, Chipre, Armenia y dos de Italia, pero ni rastro de Francia, España o Alemania). Participaron 34 jueces de 18 países (16 de ellos moldavos). 28 evaluaron los vinos y seis estuvieron como reservas.

La presidencia la compusieron Grigore Cernomaz (jurista), Gheorghe Arpentin (presidente de la Unión de Enólogos de Moldavia), Marina Tiron (directora general de Poliproject Exhibitions) y Dimitru Munteanu (director de la Agencia Nacional de la Viña y el Vino de la República de Moldavia). Cuidó de nosotros la maravillosa Lana Miniciuc.

Creo que el concurso podría describirse como profundamente de la Europa del Este. Se siguieron escrupulosamente las normas de la OIV. Las condiciones de cata fueron fantásticas. Las catas se desarrollaron en la sala Casa Vinului del edificio Poliproject, que era fresca y bien iluminada y fueron un auténtico escaparate de los vinos moldavos. Todo estuvo en su sitio: mantelería blanca, escupideras rojas y verdes, agua mineral, servilletas de papel y pedazos de pan. Las copas para los vinos tranquilos fueron excelentes, pero es necesario mejorar las de los vinos espumosos. Fue molesto tener tres copas de diferente tamaño y forma durante la misma cata y que llegaban a la mesa de manera indiscriminada.

Tuve un excelente presidente en Nicolae Taran. Nicolae es director científico adjunto de Viticultura y Enología en el Ministerio de Agricultura de Moldavia y el Instituto Científico-Práctico de Horticultura y Tecnología de los Alimentos. Fue divertido, porque en el concurso de espumosos de Novy Svet, en Crimea, yo seré su presidente (escribo estas líneas con los problemas en Crimea en plena ebullición y tengo dudas de que podamos llevar a cabo el concurso este año ya que está muy cerca de Simferopol, uno de los territorios en disputa).

Quedó claro que algunos jueces de Europa oriental tienen unos criterios algo diferentes a los de Europa occidental y es perfectamente natural dado las diferentes variedades de uva y los diversos sabores. No es, de ninguna manera, una cuestión de que estén bien o mal y, de hecho, ellos comprenden su terroir y sus variedades mejor que nadie, pero las oscilaciones en las puntuaciones dadas por los siete jueces del mismo panel fueron en ocasiones más que considerables. Pedí que se volviera a evaluar un espumoso con una burbuja maravillosa, persistente y punzante (resultó ser italiano), pero mi propuesta fue rechazada.

La hospitalidad fue cálida y acogedora. La tarde en la que llegué se celebró un agradable cóctel en el hotel con una muestra de vinos moldavos e innumerables delicias para comer, que incluían mi favorito caviar rojo. El primer día de catas se sirvió una comida ligera tras evaluar los vinos en los locales de Poliproject. Esa tarde hicimos una gran visita a las bodegas Cricova y tuvimos una cena formal en su salón. Me senté junto al extrovertido ministro Vasile Bumacov, que no paró de contar chistes durante la noche y que pagó en efectivo una segunda botella cuando la primera que nos sirvieron de un vino especial de crianza salió con sabor a corcho. A mi otro lado estaba Diana Lazar, jefa adjunta del Partido y gerente de la industria del vino. Yo era el suculento relleno de un sándwich muy importante.

Hubo una comida similar al día siguiente tras las catas, pero en esta ocasión, en las exóticas bodegas del edificio de Poliproject. Aquí nos entregaron nuestros diplomas y fue el fin del programa social. Yo pasé una noche deliciosa en el Teatro Nacional de la Ópera y del Ballet viendo un montaje ruso de La Traviata. Acabé el día con una agradable cena en un restaurante uzbeco probando sus platos típicos, que incluyen las turmas de toro.

Una visita deliciosa, pero sobre todo útil, instructiva y un concurso importante, de gran valor para el mundo del vino moldavo y sus productores. Debe continuar y es nuestra labor como periodistas del vino darle a este certamen pequeño pero vital tanta cobertura mediática como sea posible y animar a que se envíen muestras de todo el mundo para nuevas ediciones. Moldavia necesita toda la ayuda que pueda conseguir y que se merece.

Traducción: Vicent Escamilla.


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