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Sin saber dónde estamos

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Con ser importante el volumen de cosecha al que nos enfrentamos (algunos lo sitúan incluso por encima de los cincuenta millones de hectolitros), y dejando a un lado sentimientos patrios de convertirnos en el primer país productor del mundo (lo que no lleva más que a tener un problema mayor del que ya teníamos cuando éramos los terceros); conocer la producción a la que nos enfrentamos esta campaña, sin duda, ayudará a estabilizar los precios de un mercado que anda bastante preocupado por lo mucho producido y lo poco que hay vendido hasta ahora.
De hecho muchas de las bodegas y cooperativas esperan estos próximos días, en Ámsterdam, tener la oportunidad de cerrar operaciones que alivien la pesada carga de esta abrumadora cosecha. Aunque también los hay que, considerando lo retrasadas que han ido las vendimias este año y los vaivenes que se están dando en los datos de producción de los principales países elaboradores europeos (España, Francia e Italia), tienen pocas esperanzas de salir de allí con operaciones cerradas, y ninguna de solucionar una campaña que piensan que se va a hacer muy, muy, muy larga.
Aún con todo y con eso, no creo que sea ni la producción, ni los precios, ni los compradores el mayor problema al que el sector vitivinícola español se enfrenta, y sí el del desconocimiento sobre cuáles han sido las verdaderas razones que nos han llevado a esta histórica cosecha.

Por la parte más débil

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Aunque la Comisión Europea deberá revisar más allá del 2020 el sistema de autorizaciones de plantación, lo que hasta ahora es conocido como los “derechos de plantación”, el 1 de enero del 2016 entrará en vigor, y en un principio hasta el 31 de diciembre del 2030, un nuevo sistema de derechos que consiste, básicamente en transformar lo que hasta ahora ha sido un “derecho” (susceptible por lo tanto de ser transmitido), por una autorización administrativa que prohibirá su transferencia y que dependerá de los Estados Miembros. Quienes serán los encargados de conceder esas autorizaciones, previa solicitud y de forma gratuita, que será obligatoria para cualquier superficie que no sea un viñedo experimental, de vivero, una replantación como resultado de expropiación o cuya producción vaya destinada al autoconsumo.
Esta transformación, que supone pasar de derechos a autorizaciones, tendrá como primera consecuencia económica en los balances de las empresas viticultoras una pérdida de valor que todavía no está muy claro cómo será reflejada. Ya que pasará de ser un inmovilizado inmaterial susceptible de ser valorado en términos monetarios, a desaparecer del balance, con la consiguiente pérdida que deberá reflejar su cuenta de explotación y disminución de su capacidad de solvencia frente las entidades crediticias y accionistas.

Mercados 13-11-13

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Mercados 21-11-13

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Parotet 2011 y Cullerot 2012: el secreto tesoro del barro

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El nuevo tinto de Celler de Roure Parotet 2011 (libélula, en valenciano) viene a confirmar lo que ya dejó entrever su hermano blanco Cullerot (renacuajo) con su primera añada hace tres años. Que las preciosas tinajas de barro enterradas que había “dormidas” en su “bodega fonda” pueden otorgar a los vinos muchas de las bondades que otorgan las barricas de roble, potenciando la “pureza, la esencia y el alma” de los vinos y que merece la pena el esfuerzo que está realizando esta bodega por recuperar esta tradición milenaria.
Parotet 2011 está elaborado a partir de uvas de Mandó (75%) y Monastrell (25%). Es el primer tinto de la bodega criado en tinajas de barro (14 meses en tinajas de 2.800 litros enterradas). El protagonismo de la variedad Mandó es destacado. Una variedad autóctona de la zona que ha interactuado muy bien con la crianza en barro, poniendo en valor la frescura y la personalidad de esta aromática y singular variedad. Con el culmina el proyecto iniciado en 2009 para recuperar la relación que barro y vino han mantenido en el Mediterráneo durante más de 2.000 años.
Por su parte, el blanco Cullerot estrena añada, la 2012 y lo hace con nueva etiqueta, para homogeneizar la imagen de ambos vinos (ambos desarrollos a cargo de Dani Nebot. En la elaboración de Cullerot 2012, Pablo Calatayud, enólogo y responsable de la bodega, emplea las variedades Pedro Ximénez (30%), Verdil (30%), Chardonnay (30%) y Macabeo (10%). Cada variedad se elabora de forma independiente, con maceraciones prefermentativas de entre 4 y 8 horas y fermentaciones en depósitos de acero inoxidable. Poco antes de acabar la fermentación alcohólica los vinos se llevan a tinajas de barro donde se crían sobre sus lías finas. A continuación se trasiegan, se realiza el coupage y vuelven a tinaja, completando así una crianza que en este caso ha sido de seis meses en tinajas de barro enterradas.